A estas aturas del confinamiento, hemos recorrido nuestra casa más veces de las que somos capaces de contar. Hemos ordenado cajones, estanterías y armarios, y los más caóticos hemos tenido la suerte de encontrar ese “algo” o “algos” que perdimos hace mucho tiempo y pensábamos que se había tragado la tierra. Ya sabes, esa cosa que pierdes por casa y dices: “Bueno, de aquí no ha salido. Ya aparecerá”. Pero no, nunca apareció.
En mi caso, más que ordenar, he explorado. Actualmente vivo en la que era la casa de mis abuelos y, aunque hemos tratado de adaptarla lo máximo posible a la vida de dos jóvenes, siempre hay algo que desentona. Hace unos días, puse mi habitación patas arriba porque recordaba que mi abuela guardaba puzles por alguna parte. Encontré el que buscaba, uno francamente feo de mil piezas que mi hermana y yo empezamos a hacer y que aún no hemos terminado. Pero además de eso, también había una maqueta en 3D de Torre Eiffel y un juego de mesa que debía de ser de cuando mi padre y mi tío eran pequeños.
Lo cogí y miré la caja de aspecto ochentero. El título era: “La ecología. El juego de la naturaleza y del medio ambiente para vivir mejor”. Recomendado para niños entre 8 y 14 años.


Es un juego de preguntas y respuestas que consiste en obtener el mayor número de puntos posibles resolviendo problemas ambientales. Cada una de las tarjetas de los extremos representa uno de los 16 problemas ambientales. La carta ilustra una mala práctica, un problema, un uso erróneo. Cuando resolvemos ese problema, cogemos la carta y desvelamos el dibujo que escondía, la práctica “ideal” para ese espacio, y anotamos la puntuación correspondiente para cada problema.

Esta es la lista de los 16 problemas ambientales:


Cuando entre todos conseguimos resolver todas las emergencias climáticas y ecológicas debemos regresar al centro del tablero, y quitarle a la tierra su expresión triste con la puntuación exacta.

En resumen: es un juego demasiado denso y complicado hasta para niños de 13 o 14 años. Es demasiado teórico y no logra acercar la ecología a los más pequeños. Pero, más allá de que nadie jugaría a este juego ni estando sumido en un confinamiento, este me ha hecho reflexionar mucho sobre nuestra situación y sobre los problemas a los que nos enfrentamos actualmente.
Y es que, aunque la puntuación recibida por resolver los problemas ambientales variaría ligeramente ahora mismo, ninguna de esas 16 emergencias estaría exenta de ser incluida en una versión más actual del juego.
¿Qué se esconde detrás de eso? Que seguimos teniendo los mismos problemas que hace años, que no hemos conseguido resolverlos. Que los problemas que tenemos ahora vienen llamando a nuestra puerta desde hace muchos tiempo y que no han tenido la relevancia necesaria porque no han conseguido preocupar lo suficiente.
No creíamos que tirar basura al mar fuera perjudicial porque hasta hace poco no hemos empezado a encontrarnos trozos de plástico en nuestra comida. No imaginábamos que era tan contaminante el uso del coche a todas horas hasta que no han empezado a detectarse los incrementos en enfermedades respiratorias. Y esto abre de nuevo un debate a la orden del día: la economía es problema de todos, entre todos debemos remontarla, todos debemos apretarnos el cinturón. La política es de todos, salgamos a votar porque las decisiones del partido político que llegue al poder nos afectarán. Pero seguimos sin concebir la ecología y el medio ambiente como un problema de todos (y que, por consiguiente, nos afecta a todos).
A pesar de la dificultad de este juego, la cuarentena puede ser un buen momento para acercar el medio ambiente a los más pequeños, a las generaciones futuras. Enseñarles fotos de cómo la boina de contaminación del centro de Madrid se ha reducido, explicarles por qué ha pasado, qué es lo que hace que el cielo esté tan «sucio», hacer un juego para separar cuidadosamente la basura en los diferentes cubos, fabricar juegos caseros, preparar con ilusión la próxima salida al campo o la montaña… Pero sobre todo, recordad que los niños copian todo lo que ven de los adultos, y que la mejor manera que tenemos de enseñarles a ser respetuosos con el medio ambiente no es, claramente, jugar a este juego que hay en mi casa, sino predicar con el ejemplo.
¡Mucha salud y mucho ánimo para todos!
