
Dicen que toda sociedad que no haya aprendido los errores que se han cometido a lo largo de su historia, es una sociedad condenada a repetirlos. Y, en nuestro caso, no podríamos ajustarnos más a la sentencia. Llevamos 19 días de confinamiento en nuestras casas, y supongo que abundará (en una mayoría de casos) el tiempo para pensar en infinitas cosas.
En esa infinitud, hay quien, con cierto aire profético, advierte al mundo entero de que esta pandemia es un aviso de la madre Naturaleza (¡¡de la mismísima Pachamama!!) para que reparemos en el daño que le hacemos. Los más escépticos elucubran teorías conspirativas que ven la situación como una estrategia de los gobiernos y de las élites silenciosas, como otra estrategia más de control a la ciudadanía. Algunos se despiertan cada día con la sensación de que todo esto solo ha sido un sueño; otros se confinarán otros cuatro meses más de los necesarios en su casa por miedo al contagio…
Que le estamos dando un respiro al planeta está más que claro (algunos no podemos evitar disfrutarlo). Que se tendrá que hacer una gran lectura desde la calma y a posteriori de ciertos hechos o medidas tomadas, desde luego. Que la situación parece una distopía propia del subconsciente o de una novela, por supuesto. Y que después de todo esto no podremos bajar la guardia así como así, también estamos de acuerdo.
Las reacciones y los enfoques son diversos, pero sabemos que el origen, de momento (y, repito: de momento), es único: el mercado de mariscos de Huanan. Dedicado a la venta de mariscos y pescados, este mercado chino albergaba en su interior una “trastienda” con una enorme variedad de especies salvajes o exóticas. Entre la lista se encontraban carne de camellos, cocodrilos pequeños, puercoespines, zorros, civetas (recuerden a este animal), avestruces, monos, serpientes, cachorros de lobo…Y algunos de ellos vivos. En definitiva, una completa fauna.
El 12 de diciembre de 2019, la comisión de Salud Municipal de Wuhan en la República Popular de China informaba de 27 casos humanos de neumonía viral, 7 de ellos en estado grave. El resto de la historia ya la conocemos.
Tal y como apunta la revista Biosafety and Health en su último número, las tradiciones y cultura chinas constituyen una barrera difícilmente franqueable en cuanto a cambios en el consumo de estos animales. Además de las creencias en los poderes curativos de ciertos productos derivados de algunas especies exóticas (como ocurre con el marfil de los rinocerontes), se suma, en la actualidad, la concepción del consumo de estas especies como signo de opulencia, riqueza o poderío económico en el país asiático.
A pesar de que con el paso de los años el afán por su consumo se haya reducido y las administraciones chinas hayan tomado medidas al respecto (con un esfuerzo laxo, todo hay que decirlo), todavía queda mucho por recorrer. Ejercer control para que estas prácticas no se lleven a cabo no es tarea fácil, pero las leyes chinas deberían promulgar unas leyes inequívocas, en las que determinasen qué especies cuentan con licencia para su crianza en granjas y unos mayores controles de calidad.
El problema de mercados como el de Huanan, muy abundantes en todo el país, además del horripilante hecho de comerciar con especies en peligro de extinción (como ocurre con el tigre o el rinoceronte), son las pésimas condiciones higiénicas que se mantienen en ellos. En muchas ocasiones se desconoce la procedencia de cada ejemplar (que puede que haya muerto por haber padecido alguna enfermedad), en caso de encontrarse vivo podría seguir contenido virus, parásitos o bacterias potencialmente peligrosos, pero lo más importante es que cada especie se encuentra en contacto con el resto de los ejemplares. Cada especie particular cuenta con sus propios patógenos que, al entrar en contacto con los del resto, pueden conducir a nuevas enfermedades.
Como dije antes, parecemos no recordar todo esto en los períodos de calma y en los que todo va bien. En el año 2003, China reportó un brote epidémico de otro tipo de coronavirus, el SARS. Y mismas condiciones: proveniente de la carne de civeta (es momento de recordar), puesta a la venta en un mercado de Cantón.
Con dos brotes de enfermedades en China vinculados a estos mercados de especies exóticas, el gigante asiático siempre refuerza sus prohibiciones en el comercio de dichos animales, y además de una forma tajante, especificando que las inspecciones y castigos serán mayores. Pero de poco sirve esto si al cabo de unos meses, y cuando todo vuelva a la normalidad, la laxitud y el mirar para otro lado se retomen.
Las enfermedades zoonóticas y las epidemias serán algo con lo que, de forma inexorable, tendremos que aprender a convivir en los próximos años, puesto que la especie humana ha invadido por completo cada lugar recóndito del planeta y cada hábitat para modificarlo por completo, alterar sus condiciones y explotarlo en beneficio propio (para nuestras industrias, ciudades, minas petroleras…). Expertos como el epidemiólogo Santiago Mas Coma dan cuenta de ello.
Ya estamos comprobando que la intromisión excesiva en el mundo natural tiene unas consecuencias, entramos en contacto con enfermedades que siempre han estado ahí. El SARS-CoV-2 probablemente haya residido en los murciélagos (que parece ser el animal de procedencia) desde hace cientos o miles de años, pero sólo se ha producido la zoonosis al traficar y comercializar con ellos.
Hoy el mundo de la comunicación, como cualquier otro mundo existente en El mundo, se ha quedado en casa. Pero mañana, cuando todos estemos recuperados, cuando se vuelva a la “vida en vida”, espero que vuelva un periodismo reforzado, revitalizado y listo para señalar los errores cometidos en esta grave crisis, tanto a dirigentes, como a productores y consumidores.

[…] aterrizando entre el maremágnum de informaciones sobre el coronavirus, Pachamama ya denunciaba abiertamente su origen: el comercio con animales en países asiáticos. Este negocio, que atenta directamente contra la biodiversidad y la conservación de especies, […]
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